Un hombre le canta a Silvetta.
I.
De neblina esta lleno el horizonte, de soledad mi alma esta repleta y bajas tú de la montaña como todas las mañanas, tras cada paso dejas migajas de tu belleza para recordar el camino a casa.
Silvetta ha de llamarte el que esta tras estas letras, pero el viento bien puede llamarte caricia, el mar te busca siempre como a la arena, el día gris y frío se abre ante tu brillo por eso podría llamarte sol.
Tú, ángel mío, puedes llamarte luna si así lo deseas, porque alumbras mis noches tristes con tu esperanza. Como quiera que quieras llamarte, no importa, para mi serás Silvetta, la más bella mujer de este planeta.
II.
El alba me despierta pensando en ti; luz de todas las mañanas, flor azucena, belleza pura que me encanta. Mis horas sólo son para pensarte, si tu imagen por un instante desaparece de inmediato me la devuelve cualquier fino detalle hacho por dios que a tu hermosura se asemeje; desde el azul puro del cielo hasta el canto del gorrión que en mi puerta se anido.
Pierdo por las ansias mi descanso, socavas mi aliento cuando pasas y le sonríes al viento, es necesario Silvetta que escuches mi canto, duermo cuando cae la madrugada y solo pienso en ti mi bien amada y la tarde, la hermosa y cálida tarde que pinta con naranjas la montaña sólo trae para mi la esperanza de verte venir, unas veces apareces y otras no, cuando apareces tan pura como siempre y te dignas a detener tu divinidad junto a mi haces de mi día un momento de cielo, pero cuando decides guardarte en tu intimidad y pasar en ella la noche constelada, conviertes en angustia mis horas y a mi poco sueño en pesadilla.
Por eso Silvetta es necesario que escuches mi canto, que sepas bien que en las faldas de esta montaña. hay alguien que muere por tu encanto.
III.
Las flores huelen a algo más que a tu perfume, caminamos por jardines de azucenas y volamos en el azul violeta de esta tarde que se muere. Tu mano suda junto a la mía, tu mirada se pierde arrugada en mi sonrisa,tu aliento, puro como las nubes que rasgan la montaña, se confunde y entrelaza con el mío.
Galopo entre el cielo si me besas, espero como un búho a la noche ese momento. El mar allá abajo, el cielo allá arriba y tú aquí, besándome, ¡Oh alma y luz de mi vida! ¡Silvetta mi amor! luna de mi cielo que hasta ayer era negro, ángel bello que mis días clareas, eco de risa que mi vida llenas con tu melodía.
¡Oh Silvetta mía! Hoy puedo gritarle al mundo que me amas, vuelve ya a la montaña, guarda tu belleza junto al cielo, duerme tranquila amor mío, que aquí te esperará el que vive de tu anhelo, el fiel guardián que por siempre te amara.
IV.
El alba nos despierta desnudos y un tenue rayo de luz abraza tu perfil, te arropo con las sabanas que ayer nos estorbaban y tu cara levanta un leve gesto sin despertarse. ¡Ah Silvetta mía! Mía con todas sus letras, mía por que ayer la luna fue testigo de nuestro amor, mía por que caminamos la noche sudados y sin dormir. ¡Mía Silvetta! Como yo de ti, como la montaña al pueblo, como la espuma al mar, como las azucenas a tu jardín, ¡mía Silvetta! sólo mía y nada más.
Tus ojos se abren lento, mientras yo sigo viendo tu cuerpo, sonríes opacando en un segundo a la mañana, me besas con el sabor del día, dejas tu belleza color bronce de nuevo desnuda, caminas con tus paisajes lenta, decidida, y de pronto este absurdo mundo se detiene y todo parece tener sentido.
Esa llanura de arena cubierta hasta la mitad por tu rizada cabellera negra, esas esponjadas lunas menguantes firmadas por dios con un lunar y esas piernas, largas y macizas, que corren como ríos hasta tocar el suelo, me hacen sentir de pronto afortunado porque serán mis manos y mis labios los que como peregrinos recorrerán tus mapas, porque seré yo con mis caricias el que reinvente tu geografía.
Tu figura desaparece en el umbral del baño, Se oye correr el agua de la regadera. Voy tras de ti mi bella Silvetta.
V.
Hemos perdido la luna mi amor, hemos perdido las mañanas abrazados despertando con el sol, mi amor, hemos perdido la costumbre de ver a la tarde morir entre la montaña, hemos perdido todo lo que éramos… ¿amor?
Acaso debe seguir llamándote así mi voz, se a perdido la magia que nos rodeaba en nuestros paseos por la plaza, he perdido la forma de acariciarte ya mis manos recorren tu mundo como si fuera algunos de los muchos que con el tiempo he recorrido, he perdido la paciencia con la que frenaba tus arranques.
En tus ojos No veo más que ventanas negras, y tus labios se pierden el la memoria junto a los tantos comunes que besé, el color trigo de tu piel bien podría ser blanco como la perla o negro como la noche, ya no guarda un mágico encanto.
¿Silvetta?… ¿Silvetta?… ¿Debo seguir llamándote así? ¿O qué nombre tienes ahora que ya no eres la misma?, la misma muchacha tierna que bajaba de la montaña con la belleza besándole los pies. ¿Como debo llamarte ahora Silvetta? ¿Puedo llamarte mujerzuela? o simple mente no llamarte.
¿Donde has dejado a la mujer de quien me enamore? ¿Bajo que nube de algodón la escondiste? Porque ya no eres mi Silvetta, nos hemos perdido en el camino y creo que el amor entre nosotros ya no existe pero no puedo dejarte Silvetta, seguiré luchando hasta encontrar de nuevo la luz que me hizo enamorarme de ti. Seguiré luchando Silvetta para algún día, volver a llamarte, amor.
VI.
Desgarro la noche con mi llanto, el humo del cigarro que entre espirales se pierde trae a mis brazos un recuerdo. Silvetta, amor, te perdí pero no recuerdo cuando, no recuerdo si fue ayer, no sé si fue hace un mes ó un año ó hace apenas unas horas, no se siquiera si alguna vez te tuve. Te resbalaste de mi cuerpo como las tantas gotas de sudor que me arrancaba tu pasión, te me fuiste de entre las manos como la sombra de mi mas hermoso sueño.
Has dejado sólo una noche fría inundada en llanto, te has llevado mi luna entre tu falda. Silvetta mía, te llevaste mi vida cuando partiste serena y desapareciste entre la neblina. De un bocado Silvetta, de un bocado te jambaste mi existencia. Le quitaste el sentido a la montaña, le robaste el color a la azucena y dejaste mis labios calcinados acaso para que nadie pudiera besarlos.
La noche pasa y llega el día, con un sol tenue y temeroso que no trae ni una gota de esperanza. Aquí estoy yo amor, con el corazón helado, con las manos aburridas y con unos ojos que vomitan el hartazgo de esta soledad. Aquí estoy Silvetta, esperándote sentado en el marco de mi puerta, junto al gorrión muerto que alguna vez aquí se anidó.
VII.
Pasa el tren por encima de la noche como siempre levanta el polvo árido de esperanza. Seco y desolado se mira el paisaje, el verde que corría en este campo se ha ido como una noche de otoño al caer el día.
¿Donde estas Silvetta, porque ya no recorres los caminos de mi tierra? no digas que en tu olvido he muerto, no le mientas a esa estrella que a lo lejos nos vigila. Silvetta… mi Silvetta…
¿por qué no vienes a mi con tu risa y traes la primavera? estoy cansado de este crudo invierno rescátame pronto que en el olvido me pierdo. Silvetta, baja de la montaña con tu vestido de ninfa marina, trae contigo tu hermosura, devuélvele el verde a la llanura con tu andar de mujer divina, devuélveme la vida Silvetta mía. Silvetta, amor, vuelve, como quieras pero vuelve que de estar sin ti prefiero la muerte.
¿Qué no oyes como llora el firmamento? ¿Qué no ves como muere la azucena? ¿Qué no sientes a mi corazón suplicando por tu amor? El tren pasa por encima de la noche, levanta el polvo árido de la esperanza, se dibuja una silueta entre la neblina que camina hacia mi y mi tristeza… ¿será acaso la bella Silvetta?
VIII.
Oigo el chillar de las hojas que el otoño levanta y arrastra con sutil melancolía. Mis manos son viejas y arrugadas y mi cabello blanco, me mezo al sol del medio día con la mirada perdida en la montaña esa montaña que miro ahora desde lejos, años ya que abandone sus faldas, las mismas que me vieron nacer, crecer y enamorarme.
Desde aquí; mi nuevo hogar, miro su cumbre jugar con el sol, miro a la luna darle de beber de su hermosura y quisiera de nuevo abrazar su tierra, besar sus vientos y acariciar la pradera.
Las manos de un ángel caen reposando en mis hombros y coloca su mirada junto a la mía; allá, en el ayer, en la montaña, en el pueblo que se pinta a lo lejos, en los tantos recuerdos.
El ángel va recorriéndome y se planta frente a mi, Ahí esta, con su mirada cálida y su belleza intacta a pesar de los años, con su rizada cabellera ahora pinta de blanco.
Me sonríe Silvetta, mi amor, Silvetta la madre de mis hijos, Silvetta la abuela de mis nietos, Silvetta la dueña de mi corazón. Aquí estamos; alejados de la montaña pero juntos en el alma, con las azucenas prendidas de nuestro olfato, con los paseos en la plaza prendidos de nuestros pasos, con mil noches de otoño haciéndonos el amor prendidas de cada beso descansado que ahora nos damos.
Silvetta mía, somos dos viejos que vivieron apasionadamente, que se amaron como nadie se ha amado jamás, que superaron las pruebas mas difíciles que el amor te pone, que hoy pueden mirar juntos el pasado, y sonreírse en el presente.
Gracias Silvetta, mi amor, porque despierto junto a ti todas las mañanas desde hace mas de treinta años y sigo sintiéndome el hombre mas afortunado, porque antes de dormir rezó siempre una oración a tu belleza y caigo en el sueño repitiéndote: Silvetta ángel y luz de mi vida, gracias, gracias por tanto amor.
Martín Licona.
Sta. Catarina, Guanajuato. 2007.